
En algunos espacios deportivos de toda índole ya se están escuchando opiniones acerca de las grandes posibilidades de ser campeones que tiene la edición actual de este equipo que amamos: Los Rayados del Monterrey. Se escucha en la calle, en los centros de trabajo y escolares, en los medios de comunicación, en el hogar mismo que este equipo si puede campeonar, que estamos entre los favoritos, que éste es el año, algunos ya están pensando en separar la macro y el cántico….” Vamo Monterrey, queremo la copa” ya suena en el inconciente colectivo rayado.
Al menos yo, cuarentón que he vivido desde aquellas semifinales contra el Atlético Español, en la cual teníamos un equipazo y perdimos, o lo que viví por televisión, aquel juego contra la UdeG en donde el árbitro espero el gol de los leones negros para acabar el partido, o de tantos intentos fallidos y frustrantes de partidos de liga, de partidos de liguilla y aún de finales, me han hecho un corazón duro, una mente escéptica y una sensibilidad tal, que en cualquier juego si los rayados van ganando 3-0 al minuto 40 del segundo tiempo sufro al pensar que nos pueden empatar; bien dice el dicho: “ el burro no era arisco….”
Mi hija RBD (adolescente rebelde) me dice que estoy acomplejado, que tengo miedo al éxito, que mi autoestima rayada está herida y no quiere sufrir, que por eso no logro tener sueños de grandeza. Quizá tiene razón, soy de otra generación y aunque disfruto el paso actual de mis Rayados quisiera ser más optimista respecto al futuro e imaginarme ser campeón como en el 86 y el 2003.
En este preciso momento ha llegado mi esposa, ha leído el escrito y con un suspiro -de esos que dicen tantas cosas- sólo me ha dicho: “mmm… del plato a la boca, a veces se cae la sopa” y sin quererlo vuelvo a ser duro y escéptico y con una inseguridad futbolística existencial.
Fotos | Mediotiempo












