Cuando la ciudad de Morelia se presenta en el calendario de rayados, es inevitable, recordar al equipo de Daniel, (y seria imperdonable no hacerlo para todos) ahí se formaban las bases de la época más exitosa en el equipo de rayados. Para mí un viaje lleno de anécdotas, todas alegres, todas contadas diferentes cada vez que salen a la luz, porque la emoción obliga a encontrar nuevos detalles de lo vivido.
Uno de mis más grandes amigos, es un regiomontano rayado como pocos que está alejado de la ciudad porque el destino así lo decidió, vive en España y sigue a nuestros rayados ya no digo partido a partido, sino entrenamiento a entrenamiento y declaración a declaración. Platicando con el del blog y del sentimiento de esta semana, y cuando esta apunto de iniciar una nueva liguilla, en la que tal vez como nunca en la historia, partimos como máximos favoritos a ganarla, esto es lo que tiene para compartir de aquella fecha…
Cada vez que vamos a Morelia, Michoacán, no lloro… nomás me acuerdo. Y no lloro, porque ya lloramos de alegría aquel 14 de junio de 2003, con el “equipo de Daniel”.
Todos nosotros tenemos alguna historia particular que nos viene a la memoria cuando pensamos en la copa del 2003. Y en mi caso, no es la excepción.
Mis amigos y yo investigamos en donde hospedarían los Rayados en Morelia, para quedarnos en el mismo hotel y estar cerca del equipo.
Así que, la noche anterior a la final, bajamos al lobby del hotel a buscar dónde tomar una cerveza. No buscábamos alargar la noche, ni emborracharnos, ni siquiera salir a conocer la vida nocturna de la capital purépecha. Nosotros también estábamos concentrados a nuestro estilo.
En el lobby, nos cruzamos con algunos jugadores que andaban por ahí y nos acercamos al “Pirata” Castro, que se veía serio y muy sereno.
- “Pirata, -lo llamamos-, ¿mañana, qué?”
- “Seremos campeones”. –Respondió-.
- ¿Cuál es tu pronóstico? ¿Un 2-1? -Le cuestionamos-.
- “Apuéstale al 0-0, o a que no nos anotan”. -respondió muy seguro y sonriendo-.
- “¿Par de roscas?” –dijo uno de mis amigos. “Tráetelas y me las echo”
- “Ja, ja, ja…” -Se carcajeó el “Pirata”-
- Sobres, suerte. -Terminamos despidiéndonos para no distraerlo de más-.
En el estadio, estuvimos pegados a la malla. A pesar de que no somos “Adictos”, ni ultras, la locura de volver a ser campeón nos convertía.
Era tanta la gente rayada que estábamos encajonados y atrapados, que cada minuto que pasaba era más cierto el trapo que decía “Si no fuera hincha tuyo, sería un hincha cualquiera…”
El final del partido, felizmente lo conocemos todos. Pero, lo que no saben –y que comparto aquí-, es que cuando los jugadores fueron a saludarnos, el “Pirata”, estoy seguro, nos reconoció entre la multitud de sonrisas y júbilo, y porque con la característica mirada sonriente y alzada entendimos el siempre clásico: -“se los dije” –
Y con el dedo índice, al señalarnos, mis amigos y yo sentimos (nos gusta decir que con el corazón supimos) que nos cobro aquella apuesta. Así que le debemos dos roscas al bueno de Héctor Castro.
Anécdotas de aquel día debe haber muchas, porque no aprovechar este espacio para compartirlas, días como esos hay pocos en la vida ¿tú qué hiciste antes, durante y después de festejar? Y preparémonos para iniciar el camino hacia un nuevo festejo.
Foto| Mexsport












