Rayados del Monterrey: La emotividad que compensa un mediano fútbol

Por: César Casillas

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Ya son un puñado de partidos, en la era de Diego Alonso, en los que la tribuna sale de su habitual parsimonia para meterse de lleno al juego. Encuentros que, si bien no son brillantes, esconden un “clímax dramático” fascinante.

El partido del martes, donde se obtuvo el pase a Cuartos de final en la Copa MX, tuvo una trama interesante. Diego Alonso se jugaba el primer fracaso en su proceso. Y él lo sabía a la perfección.

Tan es así que, con el marcador 3-2 a favor y un Zacatepec hambriento, da una violenta “vuelta de tuerca” en el guion para meter al campo a Pabón y Funes Mori. A 20 minutos de terminar el encuentro, el técnico rayado no quería ser responsable de una tragedia más en el BBVA.

Los últimos diez minutos estuvieron rodeados de fantasmas. Con el marcador 3-2 a favor de los Rayados, cada centro por alto del Zacatepec parecía provocar los eternos errores de nuestra zaga en partidos definitorios.

Después de 3 o 4 cabezazos que hicieron sudar frio al hincha, apareció en escena Dorlan Pabón. El colombiano sacó un fierrazo desde fuera del área para, al minuto 96´, colgar el 4-2 definitivo en la pizarra.

Aunque el partido ya estaba casi decidido, este cuarto gol sobre la hora hizo que la tribuna se partiera en dos. Después del miedo a la tragedia, la afición descargó toda su tensión en el grito de gol y olvidó, por instantes, la frustración, el odio, la exigencia de cortar cabezas.

En esta edición de Rayados, la emotividad esconde las carencias del equipo.

Son varios los ingredientes que, dentro de la oleada de críticas por la falta de campeonatos, hacen que esta plantilla tenga un curioso vínculo con la tribuna.

El carisma de Jesús Gallardo, el carácter de Nico Sánchez, el hambre de los canteranos y la identificación con los colores de Rogelio Funes Mori y Dorlan Pabón, son algunos de los atractivos que aun seducen a la grada.

Porque, ultimadamente… ¿qué es el fútbol si no emoción? La emotividad, más allá del resultado, provoca en el ser humano la satisfacción de los sentidos.

El gol de último minuto, el penal atajado sobre la hora, el jugador que con el rostro sangrando alcanza a estirar la pierna para anotar, la remontada imposible en una final que se veía perdida. Todo esto le da al fútbol un extra, esa emotividad artística que posee un buen libro, la buena música o una obra maestra cinematográfica.

La emotividad vale el boleto. Se puede ganar emotivo o se puede ganar aburrido, nunca será lo mismo. De igual manera, se puede perder emocionando o caer sin meter las manos, las emociones dejan un consuelo agridulce en el paladar del aficionado.

Estamos en medio de una reestructura, de cambios en la plantilla y el cuerpo técnico (más los que vendrán), con los ojos de la prensa y las autoridades encima de nuestra afición, estamos estigmatizados como violentos, cargamos derrotas en la espalda.

Pero, a pesar de todo esto, se agradecen partidos que remuevan las entrañas, dramas que se eleven hasta el punto de levantarnos de la butaca. Los campeonatos llegarán, o tal vez no… mientras tanto, gritemos.