Rayados del Monterrey: El día siguiente a otra final perdida

Por: César Casillas

Ayer, en sala de prensa, después de publicar la crónica del infeliz partido, decidí bajar a la cancha. Pura “curiosidad malsana”. En la tribuna, cientos de aficionados celestes les pedían a sus héroes que se acercaran para la selfie. El césped se sentía húmedo, sobre él, los jugadores del Cruz Azul reían y se tomaban fotos con la copa. Festejaban en la cancha del Estadio BBVA Bancomer, justo como hicieron los de Tigres, y antes los de Pachuca. Tomé algunas fotos “por no dejar” y me largué de ese festejo ajeno.

Cuando a Rayados le tocó festejar en esa cancha, pudiera decirse que ni siquiera valió. Fue en aquella Copa MX contra Pachuca. Cuando mostraron una felicidad impostada en una ridícula celebración. Fiesta completamente fuera de lugar después de perder la Final regia del 10 de diciembre, apenas una semana antes.

El partido de ayer, Final de la Copa MX 2018 entre Rayados y Cruz Azul, no fue dramático ni emotivo. El destino quiso que fuera una batalla insípida en la que los locales no ilusionaron en ningún momento a su afición. En la que los celestes vinieron a plantarse bien defensivamente y donde La Pandilla aburrió con ataques repetitivos, sin imaginación y sin alma.

No hubo polémica en el arbitraje, no hubo preocupación en los jugadores del Cruz Azul. Rayados se dejó morir despacito, padeciendo de nada, patéticamente.

Es preocupante que Dorlan Pabón no pueda meter un buen centro en los momentos en que más se le requiere, en los partidos en que más necesita justificar su millonaria presencia en la ciudad.

Asimismo, es frustrante ver como Avilés Hurtado se esconde entre las líneas rivales, huye del balón como quien escapa de un espectro. No se bota, no se mueve, no pide bola. Su presencia no espanta a nadie.

Y así pudiéramos enumerar a varios que no debieron estar en la cancha, Basanta uno de ellos. También pudiéramos lamentarnos por quienes debieron estar y no pudieron: Nicolás Sánchez por suspensión, Leonel Vangioni por razones inexplicables para el “hincha de a pie”.

Y en la banca, Diego Alonso se vio más irrelevante y mediano que nunca. No es Pasarella, no es Vucetich, eso está claro. Pero en el futbol de esta ciudad te tienes que morir de algo. No basta con decir: “así es el futbol”.

Otra final que se pierde. Tercera de cuatro disputadas en el Estadio BBVA Bancomer. ¿Cómo explicarle al hincha que este estadio no está maldito? ¿Cómo decirle que “son cosas del fútbol” y que, misteriosamente, nos tocó “la de perder”?

La gente de ayer fue maravillosa, apoyaron y dieron todo de sí. Lamentablemente, el equipo no lo  hizo. Unos por su tibieza de sangre, otros, por su incapacidad para intentar “algo diferente” y no solo mandar pelotazos a la olla o aventurar desesperados tiros de larga distancia.

Hoy, la afición sale a la calle aun con la camiseta puesta; sale a realizar sus pagos, a trabajar, a surtir la despensa, a dejar a sus hijos en la escuela, a continuar con su vida y emplearla en cosas más importantes.

Sale a la calle y quiere dejar atrás la final de ayer, la de hace diez meses, la de hace dos años. Y, si bien es un hecho que no se bajarán del barco rayado, no es momento para exigirles apoyo. No es momento para querer venderles camisetas. No es momento para ofrecerles boletos para el juego del sábado. Después de lo de ayer, de ese “pan con lo mismo” amarguísimo, lo mínimo que merecen es respeto por parte del club.

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